LA LUCHA CONTRA EL AISLAMIENTO Y LA DESESPERACIÓN

By Nathan Paulsen
September, 2012

Las guerras y ocupaciones de Washington:
Resumen del mes #89/ 30 de septiembre de 2012

Por Nathan Paulsen
Traducido por Ruth Warner Carillo

Este resumen de mes es diferente a lo que generalmente hace Tiempo de Guerras. Aquí, el miembro del equipo Nathan Paulsen comparte su lucha personal en contra del aislamiento y la desesperación que a veces afecta a las personas que luchan por la paz y la justicia. En este contexto se refiere a los sucesos en Afganistán, libia, Irak, Irán – y en su propia vida.

A los 32 años, he sido activista y organizador casi la mitad de mi vida. Tengo un compromiso fuerte con la construcción de movimientos y la intención de mantenerme conectado con la construcción de la justicia por el resto de mi vida. Al escribir esto, presento una narrativa personal de mi experiencia este mes del militarismo. Espero que mi experiencia sea también un reflejo de lo que otros  han sentido o intuido. Tengo confianza que abrazar nuestras emociones difíciles es un aspecto importante de poder inspirar y mantener nuestro trabajo por crear un mundo mejor.

Ataque nocturno a una aldea afgana dormida

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Aldea afgana. Imagen courtesia de Wikipedia.

 “El retiro, que deja a 68 mil tropas en la zona de guerra, viene en un momento que enfrenta problemas la transición de seguridad a las fuerzas afganas, amenazada por un aumento en lo que llaman ataques internos en los que tropas del ejército o de la policía afgana, o insurgentes vestidos con esos uniformes, han estado atacando y matando a efectivos de EE.UU. y de la OTAN”. De un artículo del 20 de septiembre de Associated Presssobre la presencia de EE.UU. en Afganistán. 

Un día hace poco yo estudiaba los titulares como siempre – las “noticias” forman parte integral de mi rutina matutina, al igual que hacer el té – cuando vi un reportaje sobre un ataque de operaciones especiales de EE.UU. en una remota aldea afgana. Los hechos no eran insólitos. En los últimos años había visto por lo menos cien variantes del mismo tema.

Luego algo sucedió. Fue muy breve. Pero tuvo una fuerza que me agarró de sorpresa.

Pasaron momentáneamente por mi mente imágenes de violencia. Escuchaba los gritos desgarradores en una noche agonizante de morterazos que cortaban por las casas de familias dormidas. Vi los adobes derrumbados y los trozos de madera. Vi sangre brillante salpicada en las paredes y acumulada en charcos sobre pisos de tierra a la luz de la luna. Imaginé tripas que salían de un estómago abiertos a balazos. Salían los sesos de manera grotesca de una hendidura enorme en cráneo violado por armas modernas. El olor de carne quemada llegaba con los soplos de viento seco.

No puedes entender sin haber estado allí – como era casi serena la quietud perfecta de esos cadáveres.

Luego al comenzar el amanecer llenaron las plazas las caras de pérdida sin igual, el dolor desesperado de familiares y amigos, el luto por seres queridos que han dejado la tierra.

Las palmas de mis manos estaban sudadas, y me faltaba el aire. Un temblor me subió por la columna. Pero la sensación no se quedó. Yo tenía adelante un día lleno, y rápidamente mi atención se regreso al blanco y negro de las palabras escritas en la página ante mí. La escena que había imaginado con tanto detalle por unos segundos se desvaneció y se convirtió en palabras sobre papel.

Serví mi té, y salí por la puerta.

Protestas ante embajadas enfocan la política exterior de EE.UU.

"Es difícil para el pueblo americano entender eso, porque no tiene sentido y es totalmente inaceptable... El pueblo de Egipto, Libia, Yemen y Túnez no cambiaron la tiranía de un dictador por la tiranía de la muchedumbre”. Hillary Clinton, hablando en  una ceremonia para las personas asesinadas en un ataque reciente a un consulado estadounidense.

Yo observé con temor las imágenes de las protestas en las misiones diplomáticas estadounidenses por toda la misma región que inspiró la primavera árabe.

Estaba sentado sólo frente a la televisión cuando escuché la noticia. Se aceleró mi corazón con cada nueva oleada de declaraciones nacionalistas. Se tensó mi quijada. Se me apretó el estómago.

Mi mente se envolvió con fragmentos de la historia. Cuatro ciudadanos estadounidenses asesinados – entre ellos el embajador a Libia. Los marines posicionados en embajadas y consulados sitiados. En unos cuantos días las manifestaciones contra representantes diplomáticos de EE.UU. se extendieron a más de 20 países en África y Asia.

cnn.jpgLa nausea se me intensificó cuando los reportajes electoreros se aprovecharon de las noticias mediáticas. El Sr. Romney llamó a América a mantenerse firme y nunca pedir disculpas por nuestra excelencia excepcional. La Sra. Clinton se mostró visiblemente ofendida por la falta de agradecimiento mostrado por los manifestantes. Ella se preguntaba en voz alta si los tiranos del pasado no eran por lo menos igual a “la muchedumbre”.

Cada imagen de jóvenes tirando piedras a una fortaleza con una bandera de EE.UU. que pasaba por la pantalla de CNN era seguido por un comentarista enfurecido – ¿Cómo pueden ELLOS ser tan malagradecidos después de todo lo que NOSOTROS hemos hecho para ellos?

La política exterior de los Estados Unidos ha entrado en un período de crítica sostenida en las calles, mientras los medios estadounidenses buscaban a quién culpar por los levantamientos. Encontraron a varios candidatos: una red de fanáticos cristianos basados en los Estados Unidos que aparentemente habían producido una película anti-musulmán; al-Qaeda y la derecha islámica; y las tendencias violentas de un mundo islámico que tiende a reaccionar excesivamente. La estupidez de todo esto era más que abrumadora – enfurecía.

Y cuando digo la estupidez, no me refiero a las protestas. Estoy hablando del desconecte entre los eventos actuales y el contexto social que pasa por periodismo en los medios corporativos.

Ninguna de estas fuentes mediáticas mencionó el apoyo absoluto de EE.UU. para el régimen israelí, ni los miles de millones de dólares en ayuda militar EE.UU. destinado a los dictadores regionales a cambio de salvaguardar los intereses de EE.UU. No escuché nada sobre los golpes militares encabezados por la CIA en contra Shukri al-Quwatli de Siria en 1949, Mohammed Mosaddegh de Irán en 1953, ni sobre otros gobiernos democráticos socavados por las agencias de inteligencia estadounidenses. No se mencionaron los cientos de miles de civiles que han sido asesinados en Irak y Afganistán. También se ignoró la violación de la soberanía nacional de Paquistán y Yemen con los misiles disparados constantemente por aviones teledirigidos.

Se borraron de las historias el militarismo y el imperio.

El problema con el contexto es que complica la imagen. Apunta el dedo hacia los poderosos que prefieren que pasen desapercibidos sus delitos de lesa humanidad. Todo el episodio se volvió incomprensible por medio del lente de la cultura dominante xenofóbica – y enfocado más por un acuerdo tácito bipartidario de no mencionar al público ciertos hechos. Esto, combinado con las fuentes mediáticas corporativas altamente concentradas, no sorprende que las acciones del gobierno de EE.UU. casi nunca forma parte del contexto en la que los voceros presentaron los sucesos de este mes, y de los cuales hicieron eco los medios de comunicación.

En la confusión resultante, millones de mis vecinos blancos volverán a sus suposiciones racistas para tratar de entender los sucesos.

Quizás no tenga yo mucho en común con la orientación política de los manifestantes fuera de las embajadas estadounidenses, pero por lo menos entiendo la rabia,  el dolor y la desconfianza hacia la política exterior estadounidense que están detrás de sus llamados por la justicia.

Cuando finalmente apagué el televisor para hablar sobre estas cosas con alguien, no sabía a quién podía hablar.

Rumores de guerra con Irán

Se ha vertido tanta en los rumores de un ataque militar israelí a Irán que los artículos con grandes titulares se han vuelto apenas un trasfondo aburrido de mi vida cotidiana. Si mido mi vida con actos realizados y dejados de hacer, debo confesar que ir al trabajo y mirar películas tienen más alta prioridad para mí que una guerra posible con Irán. Vivir en una cultura tan apocalíptica como la nuestra, no es muy notable otro ciclo mediático sobre la aproximación de una catástrofe.

Sin embargo, me afecta una ansiedad a pesar de mis mejores esfuerzos por callarla. Por un milésimo de segundo – apenas percibido por la mayoría – mis ojos quedan en blanco, mirando desenfocados hacia la distancia mientras las noticias más recientes levanta demonios de nuestro inconsciente colectivo.

“¿Y qué pasará si el conflicto se convierte en el derrame de sangre descontrolado?” El pensamiento sin articular es una presencia imprecisa. Surge tentativamente entre el ruido de la vida cotidiana.

Mostafa Ahmadi Roshan, vice-director de la planta Natanz de enriquicimiento de uranio, asesinado en enero 2012. Imagen courtesía de of Radio Free Europe.

Ya comenzó la guerra contra Irán. Ha comenzado con las sanciones económicas devastadoras (este año ha bajado el valor del rial en un 80 por ciento), el asesinato público de importantes científicos iraníes, y el sabotaje de infraestructura. Millones de civiles inocentes en Irán sufren hoy de la aplicación indiscriminada de violencia económica – un arte perfeccionado por el Presidente Clinton con sus tratos con Irak. Usar infraestructura civil y científicos como blancos es un método muy calculado para aterrar a los iraníes y obligarlos a hacer lo que nosotros queremos.

Se puede sentir la tensión cuando la élite occidental debate la mejor forma de avanzar y asegurar sus intereses en la región. Sectores importantes de la burocracia de seguridad estadounidense se oponen fuertemente a la acción militar contra Irán. Altos funcionarios en Israel cuestionan abiertamente la sabiduría de un ataque militar. Se vuelve cada vez más evidente que quizás Netanyahu no calculó bien.

Irak goza de la liberación

Huyo de mi aburrimiento al consumir desastres y escándalos vorazmente, al igual que muchas personas hacen con tecnología de vanguardia o ropa de moda. Entonces era natural que me encontrara fascinado con un artículo del New York Times informando sobre la muerte de más de 100 seres humanos en un surgimiento de violencia sectaria por todo Irak.

La imagen que acompañaba al texto mostraba los restos de un vehículo chamuscado que fue destruido al explotar un coche-bomba en un mercado público muy transcurrido de Basra. Los canastos quedaron caóticamente regados en las secuelas de la explosión. Me sacudió un temblor silencioso al verlo.  Me quedé pasmado al ver lo barato que es la vida y lo fácil que es destruirla.

Las bombas y los asesinatos, dirigidos hacia las fuerzas de seguridad y chiitas civiles, ocurrieron el mismo día que el vice presidente Tariq al-Hashimi fue condenado de asesinato y sentenciado a muerte. Al-Hashimi es un importante político suní que fue acusado – días después de la salida de EE.UU. en diciembre de 2011 – con tener vínculos con la insurgencia y de haber asesinado a funcionarios gubernamentales chiitas. Él huyó del país y fue condenado en ausencia.

El alcance y la sofisticación de los ataques del 9 de septiembre subrayaron el problema que sigue afectando la política iraquí en los meses después del retiro oficial de las fuerzas estadounidenses. El trauma sicológico incesante y millones de personas desplazadas durante la ocupación EE.UU. ha llevado a una segregación religiosa de hecho de Irak.

Otros desafíos surgen de la creciente marginalización del poder de la minoría suní y los efectos colaterales de la intensificación de la guerra civil siria – agosto fue el mes de más muertes hasta la fecha. En Siria, al-Assad se ha enfrentado a una oposición primordialmente suní. Ante la consternación de los funcionarios EE.UU, el primer ministro iraquí al-Maliki está permitiendo a Irán usar su espacio aéreo para abastecer al régimen sirio.

Los eventos en la región sucede a paso vertiginoso – y los poderes políticos en Irak están fracturados – entonces sigue habiendo un peligro real de que el país, tan golpeado, regrese a una guerra civil.

Con mi mente todavía envuelta en las llamas que chamuscar ese vehículo, mi cuerpo sigue sentado cómodamente en un sillón. Me siento dividido entre los mundos en los que habito y paso a contemplar lo insignificante que es mi vida en la sombra del escenario global donde todo esto sucede.

Otro tipo de noticias

Cuando escuché el latir del corazón en la panza de mi compañera este mes, sentí una alegría enorme, casi éxtasis. Un calorcito llenó mi cuerpo y la cara se me cubrió con una sonrisa que ha permeado de exuberancia casi todos los contactos que he tenido en las últimas semanas.

Seré padre de un ser humano viviente, que respira.

En momentos como éstos, se enfoca nítidamente la atención. Lo increíblemente asombroso de la vida rompe con las distracciones que suelen confundir a la consciencia “post moderna”. El exceso de trabajo, las diversiones compulsivas, sentimientos consumistas, uso de sustancias y muchos otros pasatiempos nos ofrecen alivio a corto plazo de la ansiedad que acompaña la impotencia de poder realizar cambio real en las circunstancias de opresión. También prolongan nuestra agonía colectiva al distraernos de los desafíos de nuestros tiempos.

En un mundo de tremendo sufrimiento, la sensibilidad al dolor ajeno es en el mejor de los casos una virtud pesada.

Pero también existen pocas satisfacciones en la vida que igualan los actos de solidaridad que transcienden la opresión y avanzan un mundo más pacífico y sostenible. Cuando mi bebé haya crecido y tenga la edad para entender la gran injusticia que han heredado – así como también los frágiles avances sociales ganados duramente por generaciones anteriores – me imagino que se me hará la pregunta, ¿dónde estabas tú cuando pasó todo esto?

The views expressed here are those of the author and do not necessarily represent those of the entire War Times project

I have worked in human services for much of the past decade; during that time, I acquired an intimate viewpoint on the suffering that structural violence causes in the everyday life of our nation. In writing for War Times, I am particularly concerned with how the United States military machine – consuming hundreds of billions of tax-dollars on an annual basis to wage war and export death – has left us with fewer resources at home for health care, public education, affordable shelter, living wage jobs, domestic violence shelters, and other critical social needs.

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